Martina

El sueño americano

Sueño americano

El famoso sueño americano nada se parece a los sueños que muchos suelen soñar.  Para algunos, el sueño americano es soledad, vacío interno y material.  Una trampa de los demonios del mundo actual.  La multiplicidad de personas que -en esencia- no están; el dinero como principio moral; edificios construidos con ladrillos de maldad; los vicios como primer cáncer mortal.  El hedonismo te seduce con su apariencia, su voluptuosidad y sus promesas.  Te quema con sus mentiras y te mata por tu ingenuidad.  ¿Existe, allí, la felicidad?  Seguro que por algún lado sí,  pero no por todos, como se suele decir. 

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Madrid, Madrid

Madrid, tierra de todos. Tierra de nadie. ¿Cómo hago para comprenderte?  Si cualquiera puede tenerte,  a mi más me cuesta quererte.  Tus calles ruidosas, tu gente curiosa, tus reglas inexistentes, tu ritmo impaciente. De buenos y de malos, de trabajadores y de vagos.  De alegres y malhumorados, de amables y enfadados.  La obsesión de quererte, la maldición de tenerte.  La incertidumbre de la suerte, la imposibilidad de perderte. Madrid, tierra de todos,  ¿a quién,  realmente, le perteneces? 

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Condena Otoñal

La última hoja del árbol marrón, Color otoño,  casi sin color, caerá en cualquier momento sobre la colección, de otras hojas ya sin vida, ni verdor.  ¿Alguien piensa en ella? ¡Qué desolación!  Saltar al vació sin ánimo, sin consolación. Sus compañeras desparramadas, a punto de marchitar. Llegó su hora, va a saltar,  saluden a la hoja,  que con la muerte se va a encontrar.  ¿Alguien piensa en ella?  ¡Qué desolación! Pobre última hoja del árbol marrón, condenada por su propio padre. Maldito otoño, que hoy la vida le quitó. 

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Portavoces de la (in)existencia del Tiempo

Introducción a una Antología de obras que capturan el Tiempo En unas de mis incontables noches de insomnio, escribía: ¨No es otra noche más de aquellas en las que no duermo. Sí que es verdad que no estoy durmiendo – hace varias noches que no lo hago –, pero no es otra noche más igual a las anteriores. Esta también tiene algo de día y con el día siempre hay algo de movimiento. Y si hay movimiento la parálisis natural de la noche ya no resulta tan natural. No es otra noche más pues esta noche desafía el presente y osa viajar al pasado para luego estancarse en el futuro. Es una vuelta al momento en el que tomé la decisión de desafiar yo también a mi presente ya pasado por un futuro que ahora no encuentro. Un futuro que ya tuve, un futuro que no sé si tendré. Como dije, no es otra noche más, pues esta noche discurro entre distintas verdades para llegar a una única certera realidad: no estoy durmiendo. Las demás verdades poco importan, ya son pasado – hace mucho que lo son. No es otra noche más porque ninguna puede serlo; es mejor decir que es una noche menos – aunque no sé para qué, quizás para encontrar ese futuro que en pasado y presente anhelo. ¨  Así, entre pensamientos que aparecieron sin mucho pensar – paradójicamente, no todos los pensamientos implican pensar – llegué a otra certera realidad: qué cosa curiosa el tiempo. Tantas alusiones al pasado y al futuro, y tanta evasión del presente, me llevan a preguntarme sobre esta abstracta concepción. Intento entender qué es el tiempo capturándolo – tanto en mis manos como en mi mente –, y, paradójicamente, en la imposibilidad de hacerlo lo entiendo un poco más. Pero no lo comprendo lo suficiente, y es por eso por lo que acudo a otros medios (de esos que comparten pensamientos que sí fueron muy pensados) para hacerlo. Con el pasar de los siglos, miles de filósofos, escritores, poetas, profesores, en fin, estudiosos, han indagado sobre esta abstracción que, lógicamente, se nos escapa – de nuevo, tanto de las manos como de la mente –. Y qué mejor que destacar las palabras de, a mi parecer, los más grandes de la historia, desde San Agustín hasta lo más representativo en nuestra actual era de la información, el director de cine documental Oskar Alegría. En determinados casos, y como quedará en evidencia, ¨la expresión de una idea sólo puede darse poéticamente¨[1]; y de esa idea concluiré con alguna reflexión más bien propia, moderna, y quizás no tan poética del Tiempo.  Según la Real Academia Española, ¨tiempo¨, del latín tempus, cuenta con dieciocho definiciones. ¨Duración¨, ¨magnitud¨, ¨secuencia¨, ¨estación¨, ¨edad¨, ¨oportunidad¨, ¨espacio¨, ¨estado¨, ¨categoría gramatical¨, ¨tempestad¨… en resumidas cuentas, no sabría cómo resumirlo, definirlo. Si el tiempo, de esta manera, no puede ser definido con precisión, debemos alegrarnos con los acercamientos que nos proporcionan la literatura, la poesía y la filosofía. Habrá que indagar en esos autores que descubrieron que el tiempo, lejos de ser banal, es trascendental y que, por lo tanto, inevitablemente trascendieron también.  No debe confundirse, empero, esta antología con una búsqueda intensiva de un concepto de tiempo que logre satisfacerme, ni de un entendimiento del tiempo per se; este ensayo es, simplemente, una recopilación de textos – tanto escritos como audiovisuales – que, de una forma u otra, han cuestionado, desafiado o personificado al tiempo para poder entenderlo. Los distintos textos se expondrán en orden cronológico, empezando con un fragmento de su propiedad y comenzando con una sintética reflexión personal sobre mi entendimiento del término ¨tiempo¨.  ¨ ¿Qué es entonces el tiempo? ¿Quién podrá explicarlo concisa y fácilmente? ¿Quién podrá comprenderlo, al menos con el pensamiento, para formular una explicación al respecto? (…)  Y eso que cuando hablamos de él sabemos a qué nos referimos y también lo sabemos cuando lo oímos en boca de otro. ¿Qué es entonces el tiempo…? Si nadie me plantea la cuestión, lo sé. Si quisiera explicarla a quien la plantea, no lo sé. ¨[2] Más allá de pensar en San Agustín y en su Confesiones (397-398) como inevitable recurso al tratar filosóficamente el tema del tiempo, pensé en su obra en primera instancia por su genialidad a la hora de caracterizarlo para hablar de él. Asimismo, por sobre todo sintetizar en una frase una cuestión trascendentalmente banal – si es que existe tal coyuntura –: todos sabemos, o creemos saber, qué es el tiempo, siempre y cuando no tengamos que explicárselo a alguien más.  La verdadera naturaleza del tiempo – la que nos revela San Agustín – exige romper con el sentido común del ser humano en cuanto se refiere al tiempo, pues la visión agustiniana cuestiona la existencia de dos términos tan arraigados en la humanidad: pasado y futuro. Estos no existen, y el presente sólo lo hace en cuanto se lo tome como un instante, pues si dura más que eso se convierte en eternidad. Y si el presente es un instante que deja de existir una vez vivido, ¿cómo se mide el tiempo cuando éste está continuamente avanzando? No es real lo que ya no existe (pasado) y tampoco lo es lo que todavía no existió (futuro). A su vez, el presente no debe ser, como he mencionado, divisible, pues en cuanto se lo denomina de tal manera que se permita su interminable divisibilidad (días, horas, segundos), se convierte en pasado o futuro.  Al terminar su profundización filosófica y teológica del tiempo, el obispo de Hipona concluye con la aceptación de una concepción mundana del término. Es decir, si bien él logra reconocer las bases del concepto, admite que la cotidianeidad del habla hace que los diversos juicios sobre la palabra ¨tiempo¨ sean igualmente válidos. San Agustín no espera ni exige que el ser humano capture al tiempo, lo que existe de este, como él lo hace, porque de antemano es consciente de que ¨hay pocas cosas que decimos con toda propiedad; la mayoría impropiamente, pero se comprende

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Dibujo de La Felicidad tiene precio

La felicidad tiene precio

¨Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo¨  El Principito  Existen distintas concepciones sobre dónde radica la felicidad y si es posible alcanzarla. Algunos creen que ésta consiste en el dinero; otros que se encuentra en los bienes materiales; algunos dicen que está en el placer. También se sostiene que radica en el amor humano, en la aceptación, en la autenticidad o en la vida contemplativa. Sin embargo, si se analiza con profundidad cada postura se llegará a la conclusión de que la felicidad no consiste en ninguna de las opciones mencionadas. Por ejemplo, si creyéramos que la felicidad consiste en el placer sobre un bien material o intangible, concluiríamos que no es así ya que la satisfacción de obtener aquello que se anhela es momentánea y, luego de disfrutarlo, esa satisfacción – denominada ¨felicidad¨ – se pierde (al igual que el bien material en determinado momento). Lo mismo sucede con el placer como fin: cuanto más intenso el placer, más rápido se termina – es muy efímero y, a la vez, no satisface plenamente. Así, pues, deducimos que la felicidad no se basa en aquello de fácil acceso, sino que para alcanzarla debemos hacer un esfuerzo mayor. Con esto en mente, y considerando que la felicidad no se encuentra por medio de coyunturas asequibles por el ser humano sin tanto empeño, el siguiente ensayo intentará responder qué es la felicidad por medio de la tesis de si acaso es necesario sufrir para ser más conscientes sobre nuestra libertad y así apreciar la verdadera felicidad. Para ello, se analizarán los siguientes libros: ¨Un mundo feliz¨ (escrito por Aldous Huxley y publicado en 1932); ¨El principito¨ (1943), del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry; y ¨La Odisea¨, del gran Homero, escrita en el siglo VIII a.C.  Empecemos pues con Un mundo feliz, que narra la historia de un sociedad utópica y perfecta donde no existen las familias, ni los vínculos (de tipo romántico), ni la diversidad, ni la monogamia. En este mundo la gente es, se podría decir, total y plenamente ¨feliz¨: no hay pobreza, ni tristeza, ni conflictos. Dentro de él, y para hacer posible ese ideal, la población es categorizada desde su creación de acuerdo a cinco clases socialmente aceptadas: los Alphas (siendo los más inteligentes), los Betas (ejecutivos), los Gammas (empleados), los Deltas y los Epsilones. ¨Comunidad, identidad, estabilidad¨ son los tres ideales que representan este orden social y que engloban la forma de vida, la servidumbre amada, que llevan sus habitantes. Así, ¨todo el mundo es feliz, actualmente¨[1],  pero ¿de qué se trata realmente esa supuesta felicidad? ¿Incluye alguna garantía de libertad? ¿Son esas personas dueñas de sus vidas mientras no existe sufrimiento alguno?   Al principio parecería que las respuestas a estas preguntas son positivas: a pesar de que han sido privados de la capacidad de obrar por propia voluntad, tal condicionamiento ha logrado ¨que la gente ame su inevitable destino social¨[2]. Sin embargo, en palabras de Aristóteles, ¨ ¿es feliz aquél que vive según su naturaleza? ¨ Si alguno creyera que la respuesta es de carácter afirmativo diría, con atrevimiento, que se trata de una respuesta de desencantado hacia la felicidad: aquél que trata de reprimir el deseo mismo de felicidad porque se conforma con lo que tiene, es porque ya no espera nada de la vida y se rinde ante ella. Empero, en este mundo donde ¨la gente es feliz, tiene lo que desea (…) [y] está a gusto¨[3],  la definición de felicidad radica en el placer. Epicuro lo dijo así: ¨Afirmamos que el placer es el principio y fin de una vida feliz, porque lo hemos reconocido como un bien primero y congénito, a partir del cual iniciamos cualquier elección o aversión y a él nos referimos al juzgar los bienes según la norma del placer y del dolor¨[4]El soma es proclamado como el símbolo principal del placer en Un mundo feliz; se trata de una sustancia que funciona como solución a cualquier emoción negativa y que, a su vez, produce éxtasis y tranquilidad. Mirándolo desde nuestra perspectiva, podemos sostener que el soma es una forma de vivir ¨haciendo trampa¨[5]. Con esto dicho, se infiere el hedonismo que prima en el libro: la gente es manipulada y no posee sentimientos, pero en tal mundo hedonista sus habitantes son, desde luego, ¨felices¨.   Si la felicidad no radica en el placer, intentemos entonces seguir buscando la respuesta correcta, o al menos encontrar aquella que se acerque más. ¨El principito¨ es un cuento que, lejos de ser infantil, deja en evidencia la importancia de la inocencia, el amor, y la admiración por las pequeñas (no tan pequeñas) cosas de la vida. En esta fábula se contrasta a la felicidad con el utilitarismo; un claro ejemplo sucede cuando el Principito le dice al aviador, ¨Los hombres de tu tierra cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan¨[6] y el aviador le responde, ¨No lo encuentran nunca. Y, sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua…¨[7]. Si bien el Principito puede llegar a dar una imagen de ingenuidad, está lejos de serlo. Al final, es él quien le enseña al aviador los pequeños detalles de la vida que hay que vislumbrar para ser feliz. El niño sabe más sobre la dignidad y el valor de la vida que cualquier hombre adulto con el que se encuentra a lo largo de sus cortas visitas en distintos planetas. En aquél recorrido conoce a un hombre vanidoso, a un borracho, a un Rey, a un geógrafo y a un farolero: todos ellos se encuentran demasiado ocupados, penosos y borrachos, y orgullosos como para permitirse encontrar las respuestas correctas a su ¨para qué¨ en la vida y ser felices. Esta postura da la sensación de que ¨nunca se siente uno contento donde está¨8, pero el Principito nos viene a enseñar todo lo contrario.   El Principito posee una rosa, que no es cualquier rosa, es su única y particular rosa. Él la cuida con determinación y sensibilidad, pero como ésta es caprichosa y vanidosa, decide abandonarla. Solo luego

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Nuestro paso y el paso del tiempo

Me asusta lo rápido que vamos los jóvenes. Por la calle. Por la vida.  La Muerte celebra.  Mi nonno decía: “Piano, piano, si va lontano. Forte, forte, si va a la morte”.  En la velocidad de nuestros pasos se dicta la sentencia. La inevitabilidad de la muerte es sabida ya, pero el tiempo en que esta tarda en llegar… nuestros pasos lo dirán.  La prisa es protagonista en estos tiempos. Aparece en las conversaciones, en las caminatas, en momentos, en esperas, en idas y en vueltas. Hablamos deprisa – y poco escuchamos. Caminamos deprisa – y poco contemplamos. Vivimos, esperamos, vamos y venimos, sí, deprisa, y en todo eso, poco disfrutamos. Exigimos rapidez y la vida se convierte en desesperación. No es casualidad que se haya normalizado tener ansiedad. Hasta que pasa el tiempo, a toda velocidad – como tanto lo quisimos –, y nos damos cuenta de que ya no queda más. Ni tiempo, ni vida.  Sócrates, en su juicio final, decidió aceptar la pena de muerte antes que el exilio. Sostenía que, como toda su vida había obedecido las leyes de su ciudad, ahora – que estas lo condenaban – no tendría que ser momento para desobedecerlas. Mantenerse firme a un principio incluso cuando en algún momento no nos gusta tanto. Digo esto porque hay ciertos momentos en los que sí que deseamos que el tiempo vaya más lento, incluso que se pause. Me refiero a las veces en las que somos felices, en las que estamos viviendo instantes increíbles, memorables. Si en esas situaciones le pedimos al Tiempo más tiempo, que vaya lento, que no pase, lo propio sería no confundir al Tiempo, y que esa lentitud sea constante. Si no nos gusta que pase deprisa cuando todo es disfrute, no pasemos deprisa ante él cuando él es quien está disfrutando. Y la Vida también. 

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Palabras silenciadas, en orden desordenado

Pd: En el caos encuentro orden, y en el orden me vuelvo caótica. Soledad. Paredes. Silencio. Una frase larga y desordenada. Diez imágenes encuadradas y veintiocho personas pensando cómo des-encuadrarlas. Entre ellas, Amelia, que no sabe trabajar bajo presión. Piensa y escribe mucho; a veces, escribe sin tanto pensar. A veces, piensa tanto que no puede escribir. “Soledad”; “paredes”; “silencio”. Palabras sueltas, imágenes colgadas. Debe elegir una y no se le da bien decidir.  ¿Será aquella de persianas cerradas? ¿Qué historia podría inventar? Persianas que le recuerdan a aquellas de la habitación en la que murió por primera vez. LA 302. Acostada en un mar de lágrimas, Amelia contemplaba los pequeños rayos de luz que esquivaban la oscuridad. Deseaba ella también poder escapar. Qué historia tan poco merecedora de ser contada. ¿O será aquella de un pasillo de hotel tambaleante? Esa sí que no. Era Amelia quien tambaleaba mientras pedía ayuda entre gritos y sollozos. No era el alcohol, era el dolor y el asco los que nublaban su vista e interrumpían sus pasos. Esa historia ya merece punto final.  Al lado, otra imagen, esta vez inentendible, pero que también trae consigo recuerdos. Esta vez de los azulejos del baño en el que intentó lavar las frías manos del hombre de su cuerpo, y que tampoco le permite gozar del olvido. Y esa otra que tranquilamente podría ser una fotografía de ella misma volviendo a su casa aquella noche. Esa sí que no elegiría.  Diez imágenes encuadradas y veintiocho personas pensando cómo des-encuadrarlas. Entre ellas, Amelia, que entre tanta gente entiende el significado de la soledad; entre tantas paredes entiende el pasado que la encarcela; y entre tanto silencio entiende que lleva muchos años permaneciendo callada.

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