La felicidad tiene precio

¨Lo hermoso del desierto es que en cualquier parte esconde un pozo¨  El Principito 

Existen distintas concepciones sobre dónde radica la felicidad y si es posible alcanzarla. Algunos creen que ésta consiste en el dinero; otros que se encuentra en los bienes materiales; algunos dicen que está en el placer. También se sostiene que radica en el amor humano, en la aceptación, en la autenticidad o en la vida contemplativa. Sin embargo, si se analiza con profundidad cada postura se llegará a la conclusión de que la felicidad no consiste en ninguna de las opciones mencionadas. Por ejemplo, si creyéramos que la felicidad consiste en el placer sobre un bien material o intangible, concluiríamos que no es así ya que la satisfacción de obtener aquello que se anhela es momentánea y, luego de disfrutarlo, esa satisfacción – denominada ¨felicidad¨ – se pierde (al igual que el bien material en determinado momento). Lo mismo sucede con el placer como fin: cuanto más intenso el placer, más rápido se termina – es muy efímero y, a la vez, no satisface plenamente. Así, pues, deducimos que la felicidad no se basa en aquello de fácil acceso, sino que para alcanzarla debemos hacer un esfuerzo mayor. Con esto en mente, y considerando que la felicidad no se encuentra por medio de coyunturas asequibles por el ser humano sin tanto empeño, el siguiente ensayo intentará responder qué es la felicidad por medio de la tesis de si acaso es necesario sufrir para ser más conscientes sobre nuestra libertad y así apreciar la verdadera felicidad. Para ello, se analizarán los siguientes libros: ¨Un mundo feliz¨ (escrito por Aldous Huxley y publicado en 1932); ¨El principito¨ (1943), del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry; y ¨La Odisea¨, del gran Homero, escrita en el siglo VIII a.C. 

Empecemos pues con Un mundo feliz, que narra la historia de un sociedad utópica y perfecta donde no existen las familias, ni los vínculos (de tipo romántico), ni la diversidad, ni la monogamia. En este mundo la gente es, se podría decir, total y plenamente ¨feliz¨: no hay pobreza, ni tristeza, ni conflictos. Dentro de él, y para hacer posible ese ideal, la población es categorizada desde su creación de acuerdo a cinco clases socialmente aceptadas: los Alphas (siendo los más inteligentes), los Betas (ejecutivos), los Gammas (empleados), los Deltas y los Epsilones. ¨Comunidad, identidad, estabilidad¨ son los tres ideales que representan este orden social y que engloban la forma de vida, la servidumbre amada, que llevan sus habitantes. Así, ¨todo el mundo es feliz, actualmente¨[1],  pero ¿de qué se trata realmente esa supuesta felicidad? ¿Incluye alguna garantía de libertad? ¿Son esas personas dueñas de sus vidas mientras no existe sufrimiento alguno?  

Al principio parecería que las respuestas a estas preguntas son positivas: a pesar de que han sido privados de la capacidad de obrar por propia voluntad, tal condicionamiento ha logrado ¨que la gente ame su inevitable destino social¨[2]. Sin embargo, en palabras de Aristóteles, ¨ ¿es feliz aquél que vive según su naturaleza? ¨ Si alguno creyera que la respuesta es de carácter afirmativo diría, con atrevimiento, que se trata de una respuesta de desencantado hacia la felicidad: aquél que trata de reprimir el deseo mismo de felicidad porque se conforma con lo que tiene, es porque ya no espera nada de la vida y se rinde ante ella. Empero, en este mundo donde ¨la gente es feliz, tiene lo que desea (…) [y] está a gusto¨[3],  la definición de felicidad radica en el placer. Epicuro lo dijo así: ¨Afirmamos que el placer es el principio y fin de una vida feliz, porque lo hemos reconocido como un bien primero y congénito, a partir del cual iniciamos cualquier elección o aversión y a él nos referimos al juzgar los bienes según la norma del placer y del dolor¨[4]El soma es proclamado como el símbolo principal del placer en Un mundo feliz; se trata de una sustancia que funciona como solución a cualquier emoción negativa y que, a su vez, produce éxtasis y tranquilidad. Mirándolo desde nuestra perspectiva, podemos sostener que el soma es una forma de vivir ¨haciendo trampa¨[5]. Con esto dicho, se infiere el hedonismo que prima en el libro: la gente es manipulada y no posee sentimientos, pero en tal mundo hedonista sus habitantes son, desde luego, ¨felices¨.  

Si la felicidad no radica en el placer, intentemos entonces seguir buscando la respuesta correcta, o al menos encontrar aquella que se acerque más. ¨El principito¨ es un cuento que, lejos de ser infantil, deja en evidencia la importancia de la inocencia, el amor, y la admiración por las pequeñas (no tan pequeñas) cosas de la vida. En esta fábula se contrasta a la felicidad con el utilitarismo; un claro ejemplo sucede cuando el Principito le dice al aviador, ¨Los hombres de tu tierra cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan¨[6] y el aviador le responde, ¨No lo encuentran nunca. Y, sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua…¨[7]. Si bien el Principito puede llegar a dar una imagen de ingenuidad, está lejos de serlo. Al final, es él quien le enseña al aviador los pequeños detalles de la vida que hay que vislumbrar para ser feliz. El niño sabe más sobre la dignidad y el valor de la vida que cualquier hombre adulto con el que se encuentra a lo largo de sus cortas visitas en distintos planetas. En aquél recorrido conoce a un hombre vanidoso, a un borracho, a un Rey, a un geógrafo y a un farolero: todos ellos se encuentran demasiado ocupados, penosos y borrachos, y orgullosos como para permitirse encontrar las respuestas correctas a su ¨para qué¨ en la vida y ser felices. Esta postura da la sensación de que ¨nunca se siente uno contento donde está¨8, pero el Principito nos viene a enseñar todo lo contrario.  

El Principito posee una rosa, que no es cualquier rosa, es su única y particular rosa. Él la cuida con determinación y sensibilidad, pero como ésta es caprichosa y vanidosa, decide abandonarla. Solo luego de su visita a distintos planetas se da cuenta de la importancia del amor y de la amistad, tan disipados en el mundo de los adultos. Debió alejarse de ella para valorar cuán única e insustituible era la rosa, y así lo refleja: ¨Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras (…) Pero yo era demasiado joven para saber amarla¨[8]. Cabe aclarar que la palabra ´joven´, en este peculiar caso, no se refiere a la edad del Principito, sino más bien a cierta inmadurez con respecto al disfrute de la vida. En contraste con la idea que suscita el libro de que los jóvenes disfrutan más que los adultos, en esta ocasión se trata de un posicionamiento del Principito ante la rosa que sólo ha sido capaz de cambiar cuando se alejó de ella. Asimismo, y retomando la idea de utilidad, esta transición hacia la madurez amorosa hace énfasis en que, lejos de encontrar la felicidad y el amor en actitudes utilitaristas y pasajeras, el contento se encuentra en el compromiso y la paciencia. De la rosa aprende el poder de hacer especial lo que es simple, pero no es sino después de conocer a un zorro que el Principito comienza a ver las relaciones de forma distinta. Su nuevo amigo le revela las claves para la creación de vínculos: necesidad, domesticación, paciencia; y, a su vez, le enseña que cuidar esos vínculos por miedo a perderlos es ¨lo que vale la felicidad¨[9].  

Desde otra postura con respecto a dónde radica la felicidad y si es necesario pasar por momentos de desdicha para conseguirla y valorarla, La Odisea termina por aclarar todas aquellas dudas. Si Antoine de Saint-Exupéry nos habla de amistad y vínculos, en esta obra Homero se adentra de lleno y con profundidad al amor incondicional, al valor familiar, y a la necesidad de tener un lugar al que poder llamar hogar. Odiseo, conocido también como Ulises, pasa ocho años atrapado en la isla de la ninfa Calipso sin poder regresar a Ítaca, su hogar. Sólo después de que Zeus lo permitiese y gracias a la determinación de Atenea, Odiseo rechaza la inmortalidad que le ofrece Calipso y emprende el camino de vuelta a su patria. Epicteto defendía que la felicidad consiste en la aceptación ya que ¨algunas cosas de las que existen en el mundo dependen de nosotros [y] otras no¨[10]. No obstante, el camino de hostilidad, lucha y esperanza de Odiseo sirve como considerable refutación a la mencionada afirmación, pues si el personaje de la obra – y otros personajes también, pero que me tomaré el permiso de no analizar – hubiese aceptado su aparente inevitable destino en vez de que ¨su dulce vida se [consumiese] añorando el regreso¨[11], jamás habría podido reencontrarse con sus raíces y con su familia. Su felicidad y su vida misma se basaban en los sufrimientos que le traían los recuerdos, que, más importante, le daban un motivo para no perder la esperanza y lograr enfrentar con la cabeza en alto cualquier miedo y cualquier obstáculo. Gran evidencia y claro ejemplo de la significancia de la memoria se encuentra en la flor de loto: los soldados de Ulises consumen la mencionada planta y, como consecuencia de la pérdida de memoria, pierden también cualquier deseo de regresar con sus familias. Si no hay recuerdos, no hay motivos tales para ponerse a nadar ¨una vez que las olas desencajen la balsa¨[12] – entendiendo ´la balsa´ como analogía a la vida.  

Asimismo, incluso después de luchar contra penurias inimaginables impuestas por los dioses, Odiseo se encuentra con que debe seguir luchando contra los hombres de su patria. Atenea le demanda que con fuerza soporte ¨en silencio numerosos dolores aguantando las violencias de los hombres¨[13] ya que, al final, ese sufrimiento le dará el pase libre de los Dioses para vengarse como le plazca. Así, sólo al padecer cuantas desdichas, deshonras y humillaciones son posibles, el personaje consigue la satisfacción de asesinar a todos los pretendientes de Penélope, su esposa, que deseaban sustituirlo y quedarse con todas sus riquezas. Por otro lado, Telémaco, hijo de Ulises, es también el símbolo de la importancia de la memoria, la identidad y la esperanza. Su padre es una pieza clave de su identidad, por lo que sale a buscarlo y confía en encontrarlo y así aclarar sus dudas y forjar su filiación. Esa actitud, empero, no le resulta fácil ya que, para hacerlo, debe rebelarse contra él mismo y dejar tanto a su madre como a su inocencia atrás. Es el camino largo y difícil de entre todas las opciones, pero es el que, al final, le otorga verdad y felicidad.  

¿Es necesario sufrir para ser, al final del camino, feliz? ¨… suponer que la vida no tiene un fin más elevado que el placer es un egoísmo y una vileza…¨[14] afirmó John Stuart Mill sobre el placer, presente en en Un mundo feliz; ¨será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas¨[15] le dijo la flor al Principito; ¨si alguno de los dioses me maltratara en el ponto rojo como el vino, lo soportaré en mi pecho con ánimo paciente, pues ya soporté muy mucho sufriendo¨[16] exclamó Odiseo a Calipso, divina entre las diosas. Lo que reflejan los tres mencionados pasajes es que, de forma particular, sus protagonistas deben sufrir para conseguir y apreciar lo bueno. La indiferencia, la pérdida y la memoria – en definitiva, el sufrimiento – impulsan a los distintos personajes a remediar sus vidas y conseguir aquello que los hace verdaderamente felices. En Un mundo feliz Bernard, protagonista de la obra, se empieza a preguntar ¨qué sensación experimentaría si pudiera, si fuese libre, si no [se] hallara esclavizado por [su] condicionamiento¨[17] ya que reflexiona sobre el vacío que le proporciona su naturaleza impuesta por la cultura de la sociedad en la que vive. Si bien el ´soma´ le ocasiona sensaciones superficiales que dan imagen de plenitud, ¿cómo se puede, entonces, sentir la felicidad como tal si no hay sentimientos encontrados? En ese mundo de gente condicionada, no hay consciencia de si son felices o no, y la inconsciencia no es felicidad. El salvaje, personificación de una perspectiva hacia la vida contraria a la de ese mundo, denomina al hedonismo encontrado allí como una ¨felicidad falsa, embustera¨[18]. Al final, la felicidad implica conocimiento y búsqueda, y los ciudadanos están lejos de ello. Tuvieron la oportunidad de vivir de acuerdo con el placer y la falta de sufrimiento, y a la larga a muchos no les funcionó, lo que los llevó incluso a sacrificar ese falso contento: ¨reclamo el derecho a ser desgraciado¨[19]exclamó el Salvaje, ¨quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado¨. [20]  

Esta reflexión también la hace el aviador en El Principito: ¨aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana, del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón¨[21]. Si el protagonista y narrador no hubiese sufrido de sed, no hubiese caminado por horas en busca de un pozo de agua, y no se hubiese esforzado por sacarla de allí, no hubiese tampoco valorado el agua de aquella forma y no se hubiese sentido tan agradecido y feliz. Algo similar ocurre cuando el zorro el dice al Principito que ¨lo que hace más importante a [su] rosa es el tiempo que [perdió] con ella¨[22]. Los sentimientos que valen la pena – como el amor y la felicidad – requieren esfuerzo y se cultivan con el tiempo; si no se dedica tal responsabilidad, lo más valioso de la vida se nos escapa de las manos. Tomemos si no de ejemplo a Odiseo, quien eligió sabiamente entre dos opciones que se le presentaban: vivir con la ninfa Calipso quien a su vez le otorgaría la inmortalidad, o emprender un camino lleno de dificultades y peligros por el hecho de que el fin de ese trayecto – reencontrarse con su familia y su patria – valía completamente la pena (en el sentido más literal de la palabra). Y es que, al final, el concepto de felicidad sólo aparece y se valora luego de conocer el sufrimiento, porque ¨también un hombre goza con sus penas cuando ya tiene mucho sufrido y mucho trajinado¨[23].  

En definitiva, y dejando de lado decenas de argumentos y ejemplos que se podrían traer en cuestión, a través de Un mundo felizEl Principito y La Odisea entendemos a la felicidad como un fin al que se llega mediante medios difíciles de enfrentar. Algo tan grande, tan pleno y espectacular como la felicidad no puede ser conseguida de forma sencilla y no reside en falsas apariencias superficiales como, por ejemplo, lo es el placer. Si uno no sufre, tampoco es capaz de ponerle nombre y apellido a esa sensación de plenitud y contento que se obtiene como forma paralela a experiencias de dolor y vacío. Me atrevo a desviarme un momento y aludir a una cita del libro El arte de amar de Erich Fromm, quien lo pone en estas palabras: ¨ ¿Cómo puede un hombre preso en esa red de actividades rutinarias recordar que es un hombre, un individuo único, al que sólo le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con el anhelo de amar y el miedo a la nada y a la separatidad? ¨[24]  

El placer, el éxtasis momentáneo, y la vida sin esperanza y esfuerzo sólo nos alejan de conocer la verdad y experimentar la felicidad real.  Tales sensaciones dan la ilusión de que lo son todo y de que no se necesita nada más, y así se convierten en aspectos mundanos sin duración a largo plazo. Se vive esta vida una sola vez, y la experiencia se exige a sí misma que sea completa. Pocas cosas existen que den más satisfacción que atravesar lo inimaginable y salir fortalecido, renovado, esperanzado. Del sufrimiento se nos revela la verdad y se nos entrega las herramientas para alcanzar la felicidad. Cuando uno sufre se da cuenta de su soledad, de la potencialidad de su libertad y del buen uso que le puede dar. La vida no es felicidad o sufrimiento; es felicidad y sufrimiento:  sin el opuesto no existen por sí solos. Son polos contrarios que forman una unidad; se trata de la vida y su hermosa complejidad.  


[1] HUXLEY, A., Un mundo feliz, p. 46.  

[2] HUXLEY, A., Un mundo feliz, p. 16.

[3] HUXLEY, A., Un mundo feliz, p. 122. 

[4] EPICURO. Carta a Meneceo. Altaya. Barcelona, 1995, p. 57. 

[5] HUXLEY, A., Un mundo feliz, p. 94. 

[6] SAINT-EXUPÉRY, Antoine de, El Principito, Biblioteca Virtual de la UEB, 2003, cap. XXV, p. 29. 

[7] SAINT-EXUPÉRY, Antoine de, El Principito, Biblioteca Virtual de la UEB, 2003, cap. XXV, p. 29. 8 SAINT-EXUPÉRY, Antoine de, El Principito, Biblioteca Virtual de la UEB, 2003, cap. XXII, p. 26. 

[8] SAINT-EXUPÉRY, Antoine de, El Principito, Biblioteca Virtual de la UEB, 2003, cap. VIII, p. 12.  

[9] SAINT-EXUPÉRY, Antoine de, El Principito, Biblioteca Virtual de la UEB, 2003, cap. XXI, p. 25. 

[10] EPICTETO, El manual de Epicteto, Biblioteca Nueva Era, Argentina, 2003, p. 3. 

[11] HOMERO, La Odisea, Edición digital, Biblioteca Digital, Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE. Canto V, p. 113. 

[12] HOMERO, La Odisea, Edición digital, Biblioteca Digital, Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE. Canto V, p. 122. 

[13] HOMERO, La Odisea, Edición digital, Biblioteca Digital, Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE. Canto XIII, p. 302. 

[14] MILL, John S., Sobre la libertad. El utilitarismo. Orbis, Barcelona, 1984, p. 141. 

[15] SAINT-EXUPÉRY, Antoine de, El Principito, Biblioteca Virtual de la UEB, 2003, cap. IX, p. 13. 

[16] HOMERO, La Odisea, Edición digital, Biblioteca Digital, Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE. Canto V, p. 116. 

[17] HUXLEY, A., Un mundo feliz, cap. VI, p. 55. 

[18] HUXLEY, A., Un mundo feliz, cap. XII, p. 99. 

[19] HUXLEY, A., Un mundo feliz, cap. XVII, p. 133. 

[20] HUXLEY, A., Un mundo feliz, cap. XVII, p. 133. 

[21] SAINT-EXUPÉRY, Antoine de, El Principito, Biblioteca Virtual de la UEB, 2003, cap. XXV, p. 29. 

[22] SAINT-EXUPÉRY, Antoine de, El Principito, Biblioteca Virtual de la UEB, 2003, cap. XXI, p. 26. 

[23] HOMERO, La Odisea, Edición digital, Biblioteca Digital, Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa ILCE. Canto XV, p. 351. 

[24] FROMM, Erich. El arte de amar, cap. II, p. 18. 

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