Portavoces de la (in)existencia del Tiempo

Introducción a una Antología de obras que capturan el Tiempo En unas de mis incontables noches de insomnio, escribía: ¨No es otra noche más de aquellas en las que no duermo. Sí que es verdad que no estoy durmiendo – hace varias noches que no lo hago –, pero no es otra noche más igual a las anteriores. Esta también tiene algo de día y con el día siempre hay algo de movimiento. Y si hay movimiento la parálisis natural de la noche ya no resulta tan natural. No es otra noche más pues esta noche desafía el presente y osa viajar al pasado para luego estancarse en el futuro. Es una vuelta al momento en el que tomé la decisión de desafiar yo también a mi presente ya pasado por un futuro que ahora no encuentro. Un futuro que ya tuve, un futuro que no sé si tendré. Como dije, no es otra noche más, pues esta noche discurro entre distintas verdades para llegar a una única certera realidad: no estoy durmiendo. Las demás verdades poco importan, ya son pasado – hace mucho que lo son. No es otra noche más porque ninguna puede serlo; es mejor decir que es una noche menos – aunque no sé para qué, quizás para encontrar ese futuro que en pasado y presente anhelo. ¨  Así, entre pensamientos que aparecieron sin mucho pensar – paradójicamente, no todos los pensamientos implican pensar – llegué a otra certera realidad: qué cosa curiosa el tiempo. Tantas alusiones al pasado y al futuro, y tanta evasión del presente, me llevan a preguntarme sobre esta abstracta concepción. Intento entender qué es el tiempo capturándolo – tanto en mis manos como en mi mente –, y, paradójicamente, en la imposibilidad de hacerlo lo entiendo un poco más. Pero no lo comprendo lo suficiente, y es por eso por lo que acudo a otros medios (de esos que comparten pensamientos que sí fueron muy pensados) para hacerlo. Con el pasar de los siglos, miles de filósofos, escritores, poetas, profesores, en fin, estudiosos, han indagado sobre esta abstracción que, lógicamente, se nos escapa – de nuevo, tanto de las manos como de la mente –. Y qué mejor que destacar las palabras de, a mi parecer, los más grandes de la historia, desde San Agustín hasta lo más representativo en nuestra actual era de la información, el director de cine documental Oskar Alegría. En determinados casos, y como quedará en evidencia, ¨la expresión de una idea sólo puede darse poéticamente¨[1]; y de esa idea concluiré con alguna reflexión más bien propia, moderna, y quizás no tan poética del Tiempo.  Según la Real Academia Española, ¨tiempo¨, del latín tempus, cuenta con dieciocho definiciones. ¨Duración¨, ¨magnitud¨, ¨secuencia¨, ¨estación¨, ¨edad¨, ¨oportunidad¨, ¨espacio¨, ¨estado¨, ¨categoría gramatical¨, ¨tempestad¨… en resumidas cuentas, no sabría cómo resumirlo, definirlo. Si el tiempo, de esta manera, no puede ser definido con precisión, debemos alegrarnos con los acercamientos que nos proporcionan la literatura, la poesía y la filosofía. Habrá que indagar en esos autores que descubrieron que el tiempo, lejos de ser banal, es trascendental y que, por lo tanto, inevitablemente trascendieron también.  No debe confundirse, empero, esta antología con una búsqueda intensiva de un concepto de tiempo que logre satisfacerme, ni de un entendimiento del tiempo per se; este ensayo es, simplemente, una recopilación de textos – tanto escritos como audiovisuales – que, de una forma u otra, han cuestionado, desafiado o personificado al tiempo para poder entenderlo. Los distintos textos se expondrán en orden cronológico, empezando con un fragmento de su propiedad y comenzando con una sintética reflexión personal sobre mi entendimiento del término ¨tiempo¨.  ¨ ¿Qué es entonces el tiempo? ¿Quién podrá explicarlo concisa y fácilmente? ¿Quién podrá comprenderlo, al menos con el pensamiento, para formular una explicación al respecto? (…)  Y eso que cuando hablamos de él sabemos a qué nos referimos y también lo sabemos cuando lo oímos en boca de otro. ¿Qué es entonces el tiempo…? Si nadie me plantea la cuestión, lo sé. Si quisiera explicarla a quien la plantea, no lo sé. ¨[2] Más allá de pensar en San Agustín y en su Confesiones (397-398) como inevitable recurso al tratar filosóficamente el tema del tiempo, pensé en su obra en primera instancia por su genialidad a la hora de caracterizarlo para hablar de él. Asimismo, por sobre todo sintetizar en una frase una cuestión trascendentalmente banal – si es que existe tal coyuntura –: todos sabemos, o creemos saber, qué es el tiempo, siempre y cuando no tengamos que explicárselo a alguien más.  La verdadera naturaleza del tiempo – la que nos revela San Agustín – exige romper con el sentido común del ser humano en cuanto se refiere al tiempo, pues la visión agustiniana cuestiona la existencia de dos términos tan arraigados en la humanidad: pasado y futuro. Estos no existen, y el presente sólo lo hace en cuanto se lo tome como un instante, pues si dura más que eso se convierte en eternidad. Y si el presente es un instante que deja de existir una vez vivido, ¿cómo se mide el tiempo cuando éste está continuamente avanzando? No es real lo que ya no existe (pasado) y tampoco lo es lo que todavía no existió (futuro). A su vez, el presente no debe ser, como he mencionado, divisible, pues en cuanto se lo denomina de tal manera que se permita su interminable divisibilidad (días, horas, segundos), se convierte en pasado o futuro.  Al terminar su profundización filosófica y teológica del tiempo, el obispo de Hipona concluye con la aceptación de una concepción mundana del término. Es decir, si bien él logra reconocer las bases del concepto, admite que la cotidianeidad del habla hace que los diversos juicios sobre la palabra ¨tiempo¨ sean igualmente válidos. San Agustín no espera ni exige que el ser humano capture al tiempo, lo que existe de este, como él lo hace, porque de antemano es consciente de que ¨hay pocas cosas que decimos con toda propiedad; la mayoría impropiamente, pero se comprende

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